Primer Premio: Gloria V. Echeverría, Lomas de Zamora, Provincia de Buenos Aires.
MI NOCHE TRISTE
- La guitarra, en el ropero/ todavía esta colgada. Nadie en el ella canta nada/
ni hace sus cuerdas vibrar- Esa vez vinieron García , el Topo y Pereda, ¿ te conté, Anita?
- Sí, ya me contaste, papá –Anita se corrió el flequillo negro de los ojos, y siguió con el diario.
- El Topo salió con dos dientes menos, del esquiafo que le pusieron de zurda, la boca le sangraba tanto que pensamos que había sido un golpe interno. No, no era García, creo que era Albariños que vino esa vez. Porque la pelea fue por la novia de él, ¿te conté?
-Sì, ya me contaste mil veces, fue García, no Albariños.
-Ah, sí, Garcíìa. Era muy linda la novia, tenía….
- Unos ojos así de grandes y el pelo enrulado. Lo podríamos contar a coro, papá – Anita levanto las cejas, y los ojos al techo.
-Sí, como te acordás. Parece que la hubieras conocido.
- Me lo contaste un monton de veces, papá ¿ Me dejás terminar de leer el diario, que me tengo que ir a las nueve?
-Sí, perdón, nena, en que me acuerdo como si fuera hoy de esa pelea. Los de la barra éramos muy unidos, inclusive habíamos pensado hacer un conjunto de tango, porque yo cantaba muy bien, ¿te conté?
-……
No me contrataban porque cantaba el Cholo Antúnez, amigo del dueño, que estaba de novio con tu madre en ésa época. Era hermosa tu madre, tan rubia. Éramos los únicos rubios de la barra, nosotros y el Tano Passerini. Yo ya la había echado el ojo, y ella también me miraba, pero había que tener cuidado, el Cholo era bravo, de andar con cuchillo. Un negro grandote, con una mancha negra al lado del ojo, un pirata con parche parecía. Cuando cantaba Mi noche triste, las parejas no bailaban, lo escuchaban con la boca abierta, lo aplaudían, le pedían bis. “Percanta que me amuraste/ en el umbra de mi vida/ dejándome el alma herida…
- Shhh!
-Guarda que yo cantaba bien, pero él era amigo el dueño. Cuando tu madre le colgó la galleta, el quía desapareció. No lo habrá podido aguantar, y yo que no era ningún gilastrún, así como ves, tenía mi pintusa, enseguida le hablé. Era lo que ella estaba esperando. Decí que las cosas después se apuraron cuando quedó embarazada, asì que nos fuimos a vivir a lo de mi vieja.
- Sí y la abuela no la querìa a mamà, asì que nos tuvimos que mudar cuando nací. Ya está papá, ya te lo resumí, me tengo que ir. Cerrá bien, preguntá quién es si llaman.
Ana se mira en el espejo, se saca el flequillo de los ojos, se pone un poco más de maquillaje para disimular la mancha oscura, y se va a trabajar. Cierra la puerta y suspira.
Segundo Premio. Adela M. Salas, La Matanza, Buenos Aires.
¿COMPULSIÓN?…

La primera vez, fue curiosidad, se sintió incómoda por el ambiente de humo y ansiedades….-“Esto no es para mí”, -pensó…
La segunda, fue para acompañar a una amiga y de paso tomar juntas un café. Pasó una tarde grata, además ganó.
Para las siguientes veces también tuvo justificativos; olvidar la pelea con su hijo, relajarse por el trajín de un día de limpieza general de la casa, otra para probar su suerte…
La cuestión fue que, cada vez llegaba al lugar con mayor asiduidad. Mortificada por el dinero y el tiempo perdidos, un jueves se prometió no regresar jamás a ese sitio…
Pero el sábado, como un halago para sí, fue a probar nuevamente suerte.
Su familia no entendió el motivo de ese humor nefasto que tuvo a su regreso; se acostó con una actitud de incomprendida, sin preparar cena alguna….
Poco se dialogaba en su casa, cada miembro de su familia se encerraba en sus tareas. Ella siempre hallaba un huequito para pasar “el antro”, como lo venía llamando…
Mil veces se se repetía lo “estúpida que había sido al encapricharse jugando a esa máquina, con la que venía perdiendo desde el primer momento”…
El domingo, su marido que miraba tele, viéndola a su lado con actitud abúlica, sin sacar la vista de la pantalla, expresó:
-¡Andá al bingo, así te divertís un rato!…
Tercer Premio: Oscar Herrera, Las Rosas, Santa Fe.
NIEBLA DE ABRIL

En esa noche pesada de otoño, Francisca cruzó la calle principal de su opaco pueblo. A la distancia se divisaban los reflejos de algún auto disperso y era tanto el silencio que hasta dolía.
Caminaba triste, entregada, cuando la plataforma no advirtió el saludo cordial del hombre desde el puesto de revistas, ni notó la mirada lastimosa de la mujer que salía con le enorme valija.
Con pasos lentos, gastados como sus ansias, se acerco a la única ventanilla de la precaria oficina.
El tren de las cinco, le informaron, llegaría con ochenta minutos de retraso, la intensa niebla y un suicida eran las causantes de esa demora.
Después de recorrer ensimismada la estación vio al mendigo sentado en el mismo banco de su último encuentro, lo confirmaban el tercer tirantillo quebrado a un costado del asiento y el grafitti sobre la droga garabateado a la izquierda del respaldo. Se sentó a su lado y pensó que los harapos de ese hombre armonizaban con la pobreza de su alma.
Sacó un pañuelo de su cartera, lo guardó sin abrirlo, su mente rotaba atropellada y no hubiese podido definir que era lo que navegaba en sus sentidos.
El olor a desinfectante tan clásico del lugar le producía nauseas, aunque era el mismo de aquellos días que envolvía el entorno de esas despedidas fugaces, momentos en que hasta le había resultado agradable y lo aspiraban sus latido cada vez que el recuerdo lo invadía.
El tren llegaba tarde como las ilusiones.
La realidad flotaba en las penumbras como una utopía.
Vestida de soledad escuchó la sirena en la fría estación y comenzó a avanzar por el desolado andén.
La niebla se encendía, la niebla brillaba, la niebla se desnudaba.
Después de varios golpes duros como las borrascas, la máquina detuvo su marcha.
Se apoyó en una columna, trémula, con la palidez del dolor sintió como la realidad giraba a su alrededor.
Con un ruido tosco y crujiente el penúltimo vagón aquejó su carga, en su oscuro interior se vislumbró la precaria realidad como un vulgarismo más a los que nos tiene acostumbrado nuestro suelo.
Un final envuelto en una manoseada bandera.
Cuatro uniformados que descendieron del coche de primera clase bajaron el ataúd.
Con la ayuda de un agente de seguridad, caminó detrás de su insegura realidad.
La niebla como los sueños había comenzado a disiparse.
Con preguntas, su corazón abismaba sus latidos.
En sus entrañas palpitaba una respuesta, con dolor, con impotencia, palpitaba.
Primera Mención: Mirta Zehnder, Humboldt, Santa Fe.
DE BOLSILLO

Fue encontrado dos días después de sucedido el hecho. Al menos las pericias contenidas en el expediente número 234/76 así lo afirman.
Lunes por la mañana. Juani, mi compañero de turno, empezó a dar vueltas los quesos duros- de la variedad de los parmesanos- que nadaban en agua con salmuera. Al tocar ese queso enorme con bigotes y bufandas, quedó estupefacto: un cadáver con los ojos abiertos lo miraba con desafecto. No era un cuerpo cualquiera, era el de nuestro jefe se sección.
Juani temblaba; los olores de la sala y el vapor que se producía al abrir la puerta ayudaban a generar ese clima de misterio. El pánico lo había paralizado inmerso en esa cava que se parecía más a la morgue de la Facultad de Medicina que al sector donde se estacionaban y maduraban los quesos. Yo estaba junto a él, pero extrañamente permanecí inerte, como si lo que veía flotar allí no hubiese sido un cuerpo sino una miserable mosca.
Juani salió corriendo y mientras subía por la escalera se dio cuenta de que ya no le podía explicar a su jefe lo sucedido –como siempre lo hacía- porque… ya no había jefe. Se detuvo a pensar un momento, bajo unos peldaños, me miró con expresión desorbitada, como si no hubiese localizado, dudó, y comenzó a subir nuevamente. Se dirigió a la oficina en busca de alguien que lo ayudase a salir de tamaña complicación, mas no había nadie. Supongo que tomó el teléfono- supongo, porque nunca lo pregunté- llamó a la policía, luego comenzó a alertar a los trabajadores de las otras secciones. Todos se abarrotaron en la puerta de la cava perro nadie se atrevió a entrar. Yo seguí dando vueltas los “Reggianitos”, de lo contrario, se hubiese interrumpido su habitual proceso de maduración.
La autopsia determinó que la causa del fallecimiento no había sido asfixia por inmersión, sino que estaba desnucado.
Fuimos convocados a declarar tantas veces que ya no quisiera sentarme frente a ningún funcionario más. Aparte de relatar el momento en que nos encontramos con el cadáver, yo no tenía más datos que aportar. Me ocurría algo extraño: no recordaba nada de lo que había hecho desde que abandoné mi puesto el viernes hasta que me levanté muy temprano el lunes para ir a trabajar. Era como un gran bache donde se había desvanecido una parte de mi vida y no lograba reanimarla. Esta situación no me favorecía, pues, sin poder precisar cómo, dónde y con quién había pasado el fin de semana, quedaba incluido en la lista de los sospechosos.
La verdad que el tipo no me caía ni bien ni mal. No obstante nuestra relación era aceptable. En el expediente consta la declaración de un superior donde afirma que la última semana lo habían observado muy nervioso a causa de la descomposición de una partida de “Provolones” originada por la negligencia de un sobrino, quien era el encargado de controlar el nivel de los conservantes. Justo el día previo al descubrimiento de la alteración del proceso, éste había solicitado licencia y yo era quien lo reemplazaba en esas ocasiones. Se comentaba en los pasillos que dicha solicitud no había sido casual; y que él y su tío tenían planeado hacer recaer la culpabilidad en algún tercero.
A causa de mi limitación para demostrar mi culpabilidad o inocencia, fui sometido a exhaustivos exámenes psicológicos y neurológicos. Los profesionales coincidieron plenamente en el diagnóstico: amnesia anterógrada.
Ante la falta de méritos, fui absuelto, al igual que el resto de los que engrosaban la lista negra, salvo Juani, que a raíz de su nerviosismo, cada vez que declaraba no podía sostener un discurso coherente y utilizaba argumentos contradictorios.
No creo que Juani haya sido el autor, pues, de ser así, ya se habría quebrado… Tampoco creo que yo ya sido capaz de cometer homicidio. Sé que tuve relación con el incidente. Lo sé. A lo mejor síi fui el autor, o coautor, tal vez testigo, o por ventura llegué al lugar del hecho en el momento inoportuno. La única pista con la que cuento – y les pido por favor que no lo comenten con nadie- en que encontré en el bolsillo de mi pantalón el reloj pulsera de mi jefe con la malla rota.
Segunda Mención: Liliana I. Szabó, Martínez, Buenos Aires.
NOTICIAS DE ITALIA

Subió corriendo los dieciséis peldaños de la vieja escalera y se desplomó en el sillón. Tardó un buen rato en recuperar la respiración. Ya no tenía veinte años. Sonrió. Le parecía estar escuchando a su abuelo: si tuviera tu edad…
Por una de esas coincidencias amables, estaba sentada precisamente en el sillón favorito de él. Se sintió abrazada, como cuando era solo una niña sin pasado que transformaba abuelos en caballitos. Palpó el terciopelo gastado con la mano sudorosa. Todavía conservaba retazos de impecable suavidad.
Su otra mano permanecía aferrada al sobre, como si tuviera miedo de perderlo. Carta de Italia. No era posible, ¡ después de tantos años!
Desde el instante en que había llegado el cartero, una nave espacial la había transportado a otra dimensión. Volvió a leer el remitente por centésima vez. No cabía duda: era de Alejandro.
Con el corazón a toda marcha, había entrado en la casa y sin pensarlo se dirigió al desván. Todos los acontecimientos importantes de su vida parecían haber sucedido allí. El piso crujiente siempre tenía algo nuevo para revelar.
Cerró los ojos. Sus labios evocaron el primer beso, húmedo y eterno. Los primeros secretos. El día en que había escondido la paloma en su bolsillo. Los chocolatines derretidos por el sol de la claraboya. Tantos recuerdos…
El cofre del rincón aún olía a niñez disfrutada.
La infancia había crecido junto a ella y ya no estaba visible. La casa se fue vaciando de pasajeros; algunos, habían partido para siempre; otros, estaban viajando sus caminos. Ella era la única con boleto vitalicio. No podía renunciar a su sueño. Si se iba, mataba todas las esperanzas de volver a ver a su primer y único amor.
Tenía sobrinos varios, incluso un sobrino nieto; amigos y confidentes pero el vacío de la casa le pertenecía sólo a ella. A veces un pequeño dolor se infiltraba en su memoria, pero cualquier pájaro lo ahuyentaba rápidamente. No tenía vocación para la tristeza. Había hecho de la misma un objetivo.
Allí mismo, enlazados sobre el viejo sillón. Alejandro le había entregado su hola y su adiós. Un adiós perfumado de justificaciones varias e indescifrables. Un adiós que ella se negó a escuchar. Su Ale, su compañero de juegos, su capitán y pirata, se había ido a otros mares a buscar quién sabe qué. Pero ella, Penélope, seguía tejiendo sueño sobre sueño.
¿Por qué, cuando los sueños ya eran solo un hábito, la realidad los transformaba en carta y se los ponía sobre la falda?
No se animaba a abrir el sobre. La brújula cambiaría de dirección una vez abierto. Nada sería como antes. ¡ Había imaginado tanto este momento! Millones de escenas diseñadas y descartadas, diálogos, preguntas y respuestas. Todas las posibilidades estaban disponibles excepto, por supuesto, la real. La que sería finalmente revelada por un simple papel avión. El abismo de los años sería cruzado en pocos instantes. Toda su vida había tenido sentido solo para llegar a este momento. Carta de Italia. De Alejandro. Fechada el diecinueve de octubre. La tomó con ambas manos, la giró, la descreyó, la bendijo, la rechazó y la volvió a aceptar una y otra vez.
Se levantó como lo hacen los ángeles. Bajó lentamente y uno por uno los dieciséis escalones y fue a la sala. La chimenea estaba encendida.
Miró las llamadas ávidas y, en una ceremonia de despedida, besó el sobre aún cerrado y lo echó al fuego.
Tercera Mención: Magali. E Gómez Castillo, Rosario, Santa Fe.
CELULAR

No todo en esta vida es chupi y dale que va. Yo estoy muy seguro, porque en todos estos años que llevo contados que en realidad no llevo contados porque me parece una boludez, he descubierto una pasión. Mi pasión.
No sabes lo que sentí cuando siendo pibe tuve mi primer celular entre las manos. No hace tanto de eso, pero yo ya tengo un hijo y uno que viene en camino. Y bue, en esa época estaba de lo mejor. Si lo mirás ahora, te cagas de risa, pero yo igual lo tengo guardado. Del celular hablo, no del pibe. Mi hijo anda por ahí, pero no duerme –como mi celular- debajo de mi colchón. Es que el aparato ese es un recuerdo. Son mis inicios. Mi profesión. Mi pasión.
Y me pregunto yo por que no se puede hacer lo que a mi me gusta. Me pregunto por qué caerá la cana dos por tres en el aguantadero a repartir trompadas hasta encontrar la guita de la casa de allá, para después llevarse la mitad. Y me pregunto también por qué tendría que dejar de afanar de vez en cuando un celular, si total a todo el mundo le sobra para comprarse y a nosotros nos echan la culpa igual.
Sociedad, me dijo una vez la minita que viene al barrio con unas botas de la puta madre. ¿ Pero qué puede entender una que se pasea por la peatonal echando facha? Decí que nos habla de igual a igual, porque sino bien que le robaba la campera. Igual siempre le mangueo unos pesos, y ella se deja manguear. Se queda más tranquila, como si supiera que no le vamos a hacer nada porque nos tira unos pesos. Y bue, es el precio que hay que pagar.
De precios supongo que no tengo que hablar. Porque vos, que nos decís a nosotros que no tenemos códigos, sos capaz de cagara a cualquiera por un par de violetas. Y no te hagás el que no entendés, si vendería a tu madre por tener un yacuzzi.
No te hagás drama que yo entiendo. Todos vivimos de algo, ¿o no? Y bueno, ponete un poco en mi lugar. Nosotros no podemos vender nada. Sólo los celulares, y a lo sumo, la entrada a nuestro mundo a cualquiera que se mete acá como si esto fuera un circo o algo así. No sé qué se piensan que le vamos a hacer. Si te portas bien, nos quedamos con el celular y las zapatillas, nada más; si es invierno, la campera. Y en mi caso, hasta te dejo las zapatillas, ¡si a mí me importa sólo el celular! Ahora, sabelo bien, acá dentro y en cualquier otro lugar donde te encuentre, tu celular es mìo.
¡ Y no te hagás el que no tenés! ¡ No me tratés de estúpido! ¡¿ Qué te creés que nací ayer?! ¡ Cómo me molestan que vengan cada vez màs mentirosos! No soy mal tipo, ¿sabés? Cuando le digo a una chica “Tranquila que no te va a pasar nada”, le digo la verdad. Porque somos muy respetuosos, ¿entendés?. Tenemos códigos y nuestras reglas. ¿ Y sabés qué? Donde termina tu ley, empieza la nuestra.
Así que empezá a tener en cuenta que acá adentro, y a veces hasta allá afuera, yo tengo el poder. Pero sabelo, yo no robo porque sí. Yo no mato porque sí. Yo no violo porque sí. Fijate que robo porque los celulares son mi pasión, mato porque acá o matás o sos boleta y violo porque está bueno eso de tener el poder.
Tengo el poder. No soy menos que nadie. No soy menos que vos. Consigo lo que quiero y nunca miento.
Y vos hacés bien… Porque me creés cuando te digo “Dame el celular o vas muerto”
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